Derecho de las humanas

Derechos de las humanas[1]

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Silvia Regina de Lima Silva, directora Departamento Ecuménico de Investigaciones-DEI[2] 

 

Una adolescente brasileña de 16 años fue violada hace dos meses. Aunque quisieron desmentirla, ella afirmó: “Fueron 30 hombres”.

 

Hace unos años escuchaba a una mujer salvadoreña, María Dolores, que también había sido violada. Caminaba con su hija de seis años por las calles de su pueblo cuando un grupo de hombres se les acercó. Ella se enfrentó a los violadores y logró que su hija escapara. Entre las consecuencias de la violación, vino un embarazo no planificado y no deseado, asumido por temor a Dios, pues María Dolores es cristiana. Ella compartió la estrategia que asumió para seguir viviendo: “En aquel momento imaginé que no estaba ahí, que no era yo, estaba como muerta… y hasta hoy no soy capaz de recordar los detalles de cómo todo sucedió”.

Ambas compartieron la misma frase: “Me destrozaron el alma”.

¿Cómo te sientes? Preguntó a la joven de 16 años un reportero poco sensible. “Yo me siento una basura… Soy basura, todo lo que sale de mí es basura”, respondió ella.

Pasemos a México, Ciudad Juárez, conocida por los altos índices de feminicidios, crímenes impunes. América Latina es el continente con mayor índice de feminicidios. Algunos dicen que es una verdadera pandemia.

Y entre las muchas formas de violencia encontramos, especialmente en el Cono Sur, la violencia sexual, lo cual incide en el aumento del número de embarazos de adolescentes.

También sabemos que el hogar representa peligro. La mayoría de los violadores son personas conocidas, muchos son familiares.

Y la vergüenza nos acompaña. Hasta por sufrir la violencia nos sentimos culpables o nos quieren culpabilizar. Sin embargo, se ha recorrido un largo camino y hay leyes que nos defienden, pero no son aplicadas o son insuficientes.

 

Cuerpos, lugares, tiempo

 

Presente y pasado se encuentran en mi cuerpo, en nuestros cuerpos. Somos parte de una historia de abusos y violencias, en una tierra invadida, ocupada, colonizada, donde fuimos nombradas a partir de la mirada del “otro-colonizador-agresor”, y entre las más excluidas estamos nosotras, las mujeres indígenas y afrodescendientes. Humanas sin derechos, rompiendo costumbres y prejuicios, exigiendo el derecho a existir.

 

La violencia que hiere y rompe el cuerpo, despedaza el alma, borra la memoria, bloquea el pensamiento, transforma nuestros sueños en pesadillas, toma diferentes formas de manifestación, entre ellas la violencia simbólica, avalada por los fundamentalismos religiosos. El Dios proclamado en los púlpitos, anunciado en las plazas, invocado en las sesiones de los Senados, Congresos y Asambleas Legislativas, es un dios violento, fuerte como los hombres fuertes, creado a la imagen y semejanza del patriarcado. Es un Dios legislador que justifica las violencias contra las mujeres, amenaza nuestros derechos, se satisface con nuestro sacrificio cotidiano; para eso nos ha creado. Ese Dios del patriarcado se alimenta con la sangre derramada por nuestros cuerpos cada día.

 

Los fundamentalismos religiosos crecen en los países de América Latina. Fundamentalismo político-religioso, donde los derechos de las mujeres, derecho a decidir, derecho a tener derechos, derecho a la felicidad, al goce, al placer, a la vida con dignidad, se negocian, son monedas de cambio: “Me das tu voto y ganas la presidencia de la comisión de derechos humanos”. Así ha pasado en Brasil y en Costa Rica. Y al final la frase: “Dios así me lo  ha revelado”. ¿De qué dios me hablan?

 

Ese no es el único Dios. En América Latina, como también en África, Asia y entre grupos proféticos del Norte, hemos proclamado un dios diferente, el Dios de las/os pobres y excluidas/os. Decimos que ese es el Dios de Jesús. Pero, ¿dónde están los que lo anuncian? No los oigo, pues cuando se trata de derechos de las mujeres, sus voces no se hacen escuchar, se vuelven débiles. Frente la pregunta por los derechos de las humanas, sus respuestas son un gran silencio… y se vuelve al viejo temor originario, aquel miedo de asumirse como mujeres y hombres libres.

 

Profetismos sofocados, gritos acallados, pocas voces se escuchan. Nos escuchamos a nosotras mismas y quizás solo a algunas de nosotras, porque también están las que silencian porque no están dispuestas a perder los privilegios conquistados en el sistema patriarcal.

 

Pero de los diferentes continentes surgen sinergias, fuego ardiente que resurge de las brasas que se creían apagadas. Son ellas, las que vienen de las grandes tribulaciones, llegan vestidas de blanco, pero también de muchos otros colores. En la diversidad de sus vestidos, pelos y peinados, en los colores distintos de su piel, en la diversidad de sus culturas y memorias, ahí reside su fuerza. Ellas transformaron su fe en un principio de resistencia, en un lugar de afirmación de sus derechos, de recuperación de su dignidad, de hijas de Dios.

 

Ellas están llegando. Apropiadas de sus cuerpos, de sus memorias, liberaron su pensamiento. Son capaces de pensar desde otros lugares y paradigmas. Ellas reverdecen sus sentimientos, curando heridas, cuidando las cicatrices, las unas de las otras. Traen la brisa suave, pero también el viento fuerte de la transformación; son hijas de la tierra, de los ríos de agua dulce, hijas del mar, hijas del trueno. Son hijas, hermanas, mujeres ciudadanas. Se organizan en redes y entretejen un nuevo tejido social. Se levantan en la defensa de su territorio y territorio-cuerpo. Mujeres habitadas, mujeres empoderadas que descubrieron en la acción conjunta a partir de una fe liberadora, su lugar de incidencia político-social.

 

Sí, ellas están llegando, recogiendo las experiencias del pasado, asumiendo sin miedo los desafíos del presente, abriendo con sus manos caminos para un presente y futuro distinto. Están llegando, vestidas de todos los colores… Sí, ellas somos nosotras.

 

[1] Texto original en español

[2] En colaboración con Cecilia Castillo Nanjarí y Etel Nina Cáceres

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